sábado, 17 de abril de 2021

El arte del buen vestir, nuestro concepto del buen gusto anda de cabeza

 

El arte del buen vestir,

nuestro concepto del buen gusto anda de cabeza

Cuando yo era pequeño, un niño iniciaba el cambio de niño a joven, estrenando su primer traje, ya fuera por la fiesta de el “Corpus”, o las fiestas patronales del pueblo. Lo que quisiera resaltar aquí no es el echo de que yo sea un jubilado refunfuñón que piensa que cualquier tiempo fue mejor, sino que los trajes, vestían mucho, y solían destacar entre las, prendas que simbolizaban la transición de la infancia a la edad adulta.

 A lo largo del tortuoso camino que la sociedad ha recorrido en los últimos 70 años, hemos perdido gran parte de la dignidad personal, que antes era inherente a la ropa que usamos, especialmente los atuendos informales.

 Son cada vez más, los adultos que actualmente se visten como niños, a medida que los “viernes informales” puentes abundantes y otros pretextos para ponerse ropa “divertida” invaden oficinas y empleos  de todo el mundo. Ningún hombre, y desde luego ninguna mujer, esta bien, ni “audaz”, ni elegantemente informal con una gorra al revés. Parecen, si se me perdona la expresión, unos esperpentos.

 Los abuelos y los padres, antes venerables figuras en chaquetas de paño y jerséis de lana, y las abuelas y las madres, en algún tiempo figuras respetables con sus vestidos o pantalones hechos a medida y sus blusas almidonadas, se muestran ahora en público retozando en pantalones chándal que son las prendas más horribles  jamás concebidas, pues hasta cuando están recién lavados parecen un pijama sucio de bebé. Nunca debieron salir de los vestuarios deportivos.

 Cuando yo era niño, pedía a mi Madre un traje nuevo, que en aquel lejano tiempo confeccionaba el sastre del pueblo, y que solo nos miraba de arriba abajo y al mirarnos, ya sabía la preferencia de color, -no se si era por el color de los ojos, a mi siempre me adjudicaban el verde-oliva-.

 Pues bien mi madre con la sabiduría de que disponen las madres, me decía ”ja eu vorem si no enterram es porcs si coim moltes ametles”, te compararé un buen traje que estrenaras por la fiesta de la Beata.

 En aquel tiempo, los adultos, -hombres y mujeres- se respetaban tanto a si mismos y a su familia que eran incapaces de vestirse como payasos. Y esto no tiene nada que ver con la clase social ni con la posición económica. En un pasado no tan reciente, los adultos se ajustaban –dentro de una gama lo bastante amplia para permitir muchas expresiones individualidad y regionalismo- a una universalmente aceptada, del aspecto que debían tener tanto hombres como mujeres.

 Desde luego el dinero, o la falta de él, continua en los momentos actuales continua con una enorme variación en la calidad, la confección y la durabilidad de la ropa, pero, por lo menos, ni siquiera la gente con recursos parecía una abominación, salida de una caja de sorpresas. Hay muchos libros de historia social en los que aparecen fotografías de personas de campo y de ciudadanos provinciales que llevaban una vida difícil y precaria,       

 Sin embargo, en los rostros de aquellos hombres, mujeres y niños de aquellas fotografías está escrito el sufrimiento, no obstante, cuando los vemos 70 años después, siguen reflejando un fiero orgullo al que su ropa gastada no resta un ápice. Al  menos cuando la cámara captó sus imágenes y puso  a la vista todo su sufrimiento , no llevaba ni gorras puestas al revés, ni camisetas con la leyenda: “Mándame a otra dimensión”.

 ¿Hay que tomar ejemplo de la

Globalización, y de las nuevas modas?.

 

Nota: cuando  escribo recuerdos, es como ir en bicicleta: Quizá no vayamos a ninguna parte, pero fortalece y mantiene ágiles los músculos del cuerpo y de la mente,


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